Casa'e Piedra
De:Hugo Marino
En:La Bodega Del Diablo
Del:'07
Atravesé la Biblioteca San Martín, la explanada, la Remedios Escalada , la Alameda , la lluvia, la avenida San Martín, la Perú , la Boulogne Sur Mer, el puesto de las Chilcas, los caracoles, el monolito y fui a sentarme, por fin, en Casa‘e Piedra. Es que aquí la vida anda desnuda, como es, y no como en la ciudad que anda vestida, oculta detrás de las infinitas máscaras que la desfiguran. Este cara a cara con ella me armoniza y es como si rescatara, al fin, algunas partes extraviadas de mí mismo, algunos yoes que se me fueron quedando entre las urgencias de la supervivencia cotidiana.
-Don Ramiro, vengo de la presentación de un libro y estoy lleno de palabras, así que le voy ha hacer al silencio.
-Lindo ha de ser saber leer, yo nunca tuve tiempo pa'eso. Acá, en soltar las cabras, arreglar las pircas, salar la carne, hacer quesillo, vigilar el agua, recoger los animales a la tarde, llevarlos p'al corral... no hay tiempo, señor, no hay tiempo pa'tanta cosa. ¡Y ni falta que hace!
-Me pregunto, a veces, ¿para qué vivimos, don Ramiro?
-Pa'trabajar. ¡Pa'qué va a ser!
-Sí, pero se nos va el tiempo, se nos pasa la vida y...
-¿Y?
-Y, que no sabemos nada de nada, que quizá no hicimos lo que teníamos que hacer, que no vivimos nuestra propia vida, sino la de otros. Tengo la impresión de que le chingamos, de que nos fuimos en pelotudeces...
-Eso será usted, yo, así como ando, estoy bien. Sé lo que hace falta saber y nada más. Ya me habían dicho que, en las ciudades, el hombre se desmadra fácilmente. Cuando me agarra el pregunterío de adentro, voy al puesto de mi compadre y nos bajamos una de cinco entre los dos y sanseacabó.
-Cada vez me siento más ignorante, cada vez sé menos, cada vez entiendo menos, don Ramiro. El tiempo no nos hizo sabios como me ilusionaba, los sueños y las utopías no se cumplieron y la muerte no deja de acecharnos sin descanso, sin cesar, segura y confiada como un puma.
-Vea, dicen que por aquí hay gente que no se muere nunca, que mientras se va haciendo vieja se hace más y más chiquita hasta quedar como una nadita de nada y, entonces, va a esconderse entre las piedras, los trebolillos, las nomeolvides. Tienen cientos y capaz que hasta miles de años. Hay que tener cuidao cada vez que levantamos una piedra o pisamos entre las plantas. ¿Vio?
Ante esa explicación una ola de ingenuidad me conmovió. Cerré los ojos y la vida se me apareció como si fuera una esfera transparente. Allí estaban todos los actos presentes, pasados y futuros, todos, a igual distancia del centro. Y el centro era uno mismo como si fuera un niño con la inocencia intacta, pero con toda la sabiduría de los que han andado mucho, mucho tiempo. -Sabe don Ramiro, creo que somos redondos y enteros –dije, por decir algo.
-Eso es bueno, fíjese, porque un hombre rajado no dura mucho. Por esa rendija se le va yendo la vida, o se le va entrando la muerte. Lo que, en el fondo, es lo mismo.
-Tal vez, uno se parte -filosofé en voz alta- cuando ve que vivió al pedo, o a crédito, o alquilado. Que vivió entretenido con las luces de la ciudad, con la plata, con ser reconocido. Que este el festejo o el otro, que tal pelea, que tal partido y que la madre que los parió. ¡Cómo se va la vida en todo eso y en un suspiro!, y de neto, neto, ¿que hay?
-Mire, tal vez anduvo buscando pájaro que no existe y de ahí la falla. Aquí, ni hay tiempo pa' búsquedas raras. Lo que es, es.
A borbotones me venían las cosas a la conciencia y así las iba apalabrando:
-Hoy, don Ramiro, he caído en la cuenta de que, al fin, y en lo más importante, uno siempre está solo.
-Y, ya ve cómo vivo yo, aquí, en estas soledades, es lo mejor. Cuando quiero voy de visita y vuelvo.
Es necesario desilusionarse y madurar, pensé. El último tramo hacia la cumbre se hace de a uno en fondo, hay tareas que son ineludibles y propias de cada uno. Lo que sí es bueno es ver dónde semilló en la adolescencia, dónde pasó uno la edad de los sueños importantes, esos que fundan el alma de los seres. Si se pudo liberar, o no, de los traficantes de esperanzas. -Los que debían venir –comenté en voz alta-, no vinieron nunca. Los que nos iban a acompañar, no lo hicieron jamás. Los que debían aguardar, se fueron. Los que debían saber, no supieron y, tal vez, no es malo que así sea.
-¡Tarde piaste! -soltó sonriendo el Ramiro.
-Si antes hubiera sabido que, lo que hay que hacer solo, hay que encararlo nomás, y a como de lugar, no hubiera tirado tanto tiempo al cuete, don Ramiro.
-Tal vez hay que pasar por todo eso que usted dice antes de avivarse. Mire, vaya al pedregal, acuéstese sobre las piedras y espere a conversar con los Chiquitos. Ellos sí que no lo van a defraudar. A lo mejor, usted se cree que está hablando solo y en una de ésas así es nomás, pero por aquí dicen que son los Chiquitos, sabios de toda sabiduría, los que le ayudan al ver, con luminosidad, lo que nos pasa adentro.
Miré el horizonte quebrado por los cerros, y me fui a sentar en una gran roca lisa que estaba sobre un montículo de piedras bolas, de ésas que ruedan durante eones en los lechos de los ríos. “¡Esas piedras saben!, y saben saberes de toda laya. ¡Cuando se rozan entre ellas, hablan!”, me había dicho don Ramiro.
Lo primero que escuché fue: “¡Qué vieeeento! ¡Toda la noche soplando y soplando! ¿Y pa'qué? ¡Si no ha dejao más que distancia y desolación!”. Palabras que, como si fueran mágicas, me transportaron y me vi como de entonces:
Salíamos del Cine Opera, de ver Pequeño gran Hombre , con Dustin Hoffman. Comimos unas castañas asadas que vendían en un humeante carrito. Seguimos por la Lavalle y doblamos por la San Martín hasta Rodicar. No había pizza como ésa en todo el mundo, el olor al entrar, la espera, el ver como ya se la iban comiendo los que llegaron antes, y por fin ahí sale la nuestra. Con mucho queso, ¿no? Después, limpiarse con las manos de papel y quedar satisfechos. Volver a casa caminando, abrazados, en medio de la noche. Eso era la vida, el súmmum. Ahora, todo es otra cosa, es como vivir en otro mundo. Cómo te quería, cómo quería que me quisieras, cómo quería que ese tiempo fuera eterno.
“Es la esfera –oí-. Todo está en la esfera, todo, y a igual distancia de vos. Ahí están todos y toda la vida. Todo es importante en ella. Está su llegada y está su despedida. Están los seres queridos y está la soledad. Están los camaradas, el partido, los infatigables sueños de un mundo mejor. Es tu mapa, tu territorio y, sin embargo, lo que abarcaste es lo que, de algún modo, abarcamos todos. Las esferas, las burbujas de colores que van flotando en la eternidad, se parecen todas. Si recogés el instante que estás pisando, sabrás lo que hay que saber, aunque, a esta altura: saber o ignorar es lo mismo. Lo esencial es habitar el momento. ¿No ves que aquí está todo y es, tan, tan ordenadito y coherente que no parás de sonreír? Estar, ser y dejar que lo demás venga por añadidura, si es que algo ha de venir”.
Esas cosas oía, o creía oír, y me dejaron de tan buen ánimo que quise buscar a los Chiquitos entre el pedregullo, pero parece que se perdían o se confundían entre las piedras. Agradecido, saludé, de todos modos, como al viento, y me volví. Quería ver si le podía contar algo de esto a don Ramiro. Pero, al llegar a los corrales, él estaba ocupado ordeñando a una cabra que pateaba, de vez en cuando, al aire.