El gran robo del banco
De:Emilio Fernandez Cordón
En:Cuentos para matar... el tiempo
Del:'07
"Esa mañana, el invierno caía sobre la ciudad como una sombra de hielo. Y una llovizna impiadosa convertía el radio céntrico en un desierto mojado. Sólo en una clase de sitios había signos vitales: los bancos. Allí se apiñaban sufridos ciudadanos en la repugnante misión de abonar impuestos, servicios, deudas y exquisiteces similares. En uno de esos infiernos, integrando el rebaño de idiotas cumplidores, nos encontrábamos mi indignación y yo. Éramos parte de una de esas abominables colas de insultadores del gobierno, la injusticia y otras corrupciones. Meditaba acerca del límite de la paciencia, cuando oí el grito, filoso como una yilé, estridente como una frenada, un grito que estremeció el espacio, un grito que asustaba: "Todo el mundo quieto, esto es un asalto, el que se mueva es boleta!". Palideciendo, estupefacto como todos, bajé de mis pensamientos y miré hacia el origen de la voz. Y, el origen de la voz, daba lástima. Cuatro chiquilines, de entre ocho y once años, que no se elevaban mas de un metro del suelo, vestidos con andrajos de cuarta mano y harapos de segunda, dos de ellos descalzos, nos cercaban con su miseria. En el ingreso había quedado, de campana, una nena de unos cinco. Tan sucia, oscura y desamparada como el resto de "la banda". El líder, de remerita y zapatillas sin cordones, aferrando una pistola como si temiera que volase, y apuntándola al techo, se le entregó a un secuaz. Luego, se dirigió a las cajas. Allí alcanzando a los empleados unas bolsas de nailon de un famoso hipermercado, ordenó que las llenaran de dinero.
Súbitamente, el cómplice que nos encañonaba se puso a gimotear y se le cayó el arma. Fue cuando advertí, advertimos, por el sonido que hizo al chocar con las baldosas, que era del más puro plástico. Y, conmovidos, apenados por la escena, porque, quizás, en nuestro fuero íntimo deseábamos que los ladronzuelos se alzaran con el tan necesitado botín, tal si lo hubiéramos pactado previamente, hicimos como que ignorábamos el incidente. El pobre niño levantó el juguete y se fue con la chica de la entrada. Instantes después el "jefe", regresando con lo recaudado, arreó a su tropita y escaparon a la carrera. Mientras se sucedían algunos desmayos tardíos, varios nos precipitamos hacia la puerta. Y, sin querer, tropezamos unos con otros rodando por el suelo y, sin querer impedimos que personal del banco y el vigilante - que durante el lapso del "robo" había estado muy ocupado en el baño-, salieran en persecución de los delincuentes. Cuando lo consiguieron, los malhechores ya habían desaparecido. El Gerente de la institución comunicó por un altavoz que se suspendía la actividad y que, por favor, regresáramos pronto. Nos marchamos satisfechos, tanto, que afuera el día semejaba una soleada jornada de verano y parecía que las calles estaban repletas de niños felices".
"Me gusta. Cómo se te ocurrió?", dijo mi compañera al leer el cuento que escribí por la noche. "Ayer salió en el diario - respondí - que una multitud había molido a patadas, hasta quebrantarles la sangre, a unos chicos que asaltaban un banco un arma de juguete".
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